Vino


La vid tiene raíces, tronco y ramas con flores de las que nace su fruto, la uva.

La uva, a su vez, tiene semillas, pulpa y una piel o cobertura exterior.

Así como todas las plantas, la vid está íntimamente relacionada con la tierra, el agua, el aire, el sol y todo lo que existe.

Dispuestos a aventurarnos en los apasionantes terrenos de la metafísica, la física cuántica y el fisiculturismo, nos adentraremos sin más preámbulo en el corazón de este escrito cabernet: el vino y los bebedores.

Quienes acompañan mi gesta literaria, saben que apoyo la teoría monista del universo, aquella que afirma que todo lo que existe puede ser considerado como distintas manifestaciones de una única energía. Sin embargo, también creo que como bien dice Bono (el cantor o crooner de U2), «we are one but we are not the same» (somos uno pero no somos lo mismo).

Claro, el universo ya no es una pasta, ahora es más parecido a una ensalada.

Para tomar un vino es preciso combinar los ingredientes justos en el momento preciso. Si bien se trata de los mismos átomos que poco tiempo atrás estaban en el pasto que comió la vaca que después defecó para producir el abono que alimentó a la vid, no podremos beberlos con la misma alegría hasta que hayan pasado por todo el proceso que los transformó en vino.

Una vez que tenemos el fermentado comme il faut (como debe ser), podemos dedicarnos a beberlo y, si tenemos tiempo y ganas, a conversar sobre otro aspecto maravilloso de la existencia: los bebedores.

Para facilitar el anali (o análisis, en caso de que la cosa se extienda), vamos a dividirlos en tres categorías: los que buscan la embriaguez independientemente de la calidad del producto que ingieren, los gourmets, sommelieres y otros afrancesados que disfrutan de cada sorbo y lo describen con adjetivos cada vez más osados, y los budas.

El nivel de conciencia de los primeros es mínimo, lo único que les interesa es la satisfacción de sus necesidades o apetitos carnales, se parecen mucho a los peces o las gallinas, en el mejor de los casos a los caballos o los perros. 

El segundo grupo va un poco más allá e intenta ver la relación de la bebida con los elementos que la conforman, intenta comunicar su experiencia a sus semejantes, ya sea por afición, trabajo o como medio de seducción. Quieren parecerse a los ángeles.

El tercer grupo, con pocos participantes, es el de los iluminados, los despiertos o como quieras llamarlos. Estos, al empinar el codo, beben el sol y las estrellas, el viento, las nubes, las montañas, la historia del universo y el instante presente, el aquí y ahora, ese misterio que nos une y en el que tenemos nuestro ser. No pueden ser comparados con nada ya que sólo se parecen a si mismos.

Salud!









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