Los vietnamitas

Una familia de vietnamitas se instaló en mi mente.

No pidieron permiso. O tal vez sí, pero yo no me di cuenta porque no hablo ni una palabra de vietnamés, o como sea que se llame su idioma.

El asunto es que estaban ahí, cantando, comiendo arroz, con sus sombreros cónicos, sus alegrías, penas y esperanzas.

No me daban motivos para quejarme. Eran una familia adorable. Respetuosos, colaboradores.

Una tarde, la abuela le pasó la escoba a un grupo de neuronas que hacía mucho que yo no usaba.

El padre restableció conexiones que mi cerebro, ya sea por desgaste o falta de uso, había perdido.

La madre cocinaba, no sólo para los miembros de su familia, sino también para mí, su locatario. Con gran conciencia social y ecológica, comprendía que es fundamental cuidar el lugar en el que uno habita.

Los niños, vietnamitas, pero con ese exceso de energía que caracteriza a los niños de cualquier nacionalidad, de vez en cuando provocaban algún problema. Jugando a las escondidas, o practicando artes marciales, sin querer, generaban un cortocircuito.


Aunque para mí no era fácil, trataba siempre de mantenerlos a todos dentro de los confines de mi mente, para no tener que encontrarlos de repente en el cepillo de dientes o en la heladera.

Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, se ve que eran aventureros y empezaron a desplazarse por todas partes.

No era extraño llegar a mi casa y verlos hablando por teléfono con sus parientes o cocinando en el wok.

Un día organizaron una fiesta. Debían ser aproximadamente ciento cuarenta personas. Estaban todos muy animados, bailando, cantando y riendo como si la vida los hubiera bendecido con un lugar en el que poder desarrollar todo su potencial.

Yo quise decir algo pero en seguida me alzaron y empezaron a gritar mi nombre y a dar muestras de alegría por mi presencia.


Tengo que admitir que, dentro de lo particular de las circunstancias, fue una excelente noche.

Cerca de las 23 hs., mientras me preguntaba cómo resolver la situación de la manera más elegante posible, mientras pensaba en qué forma podría comunicarme con ellos para explicarles que mi mente y mi casa eran más o menos mías, y que si bien me gustaba su presencia también quería disfrutar de mi intimidad, se me acercó una joven bellísima.

Me sonrió, me tomó de la mano, y me llevó a mi cuarto.

Me sacó la ropa, con un gesto suave me indicó que me recostara en la cama, se desnudó y comenzó a darme placer en formas que hasta ese momento no había imaginado ni que existieran.

Después de media hora de ese tratamiento, yo ya pensaba en estudiar vietnamés, o como sea que se llame su idioma, en casarme y tener hijos con esa diosa del amor que el destino había puesto en mi camino.

Me había olvidado de los inconvenientes y sólo veía el lado positivo. Estaba feliz.

Nos dormimos abrazados.

Cuando desperté, ya no estaba. No había nadie.

La casa estaba más limpia y ordenada que nunca.

El clima era muy agradable.

Alguien, a lo lejos, había puesto un disco de Bill Evans.

En el espejo del baño, escritas con rouge, encontré estas palabras:

Chúng tôi trở lại Hà Nội. Bạn thật tuyệt vời. Cảm ơn bạn. Anh yêu em.


Gracias al traductor de Google, supe lo que decían: «Volvimos a Hanoi. Estuviste maravilloso. Gracias. Te amo».

Nota: Parece que el idioma no se llama vietnamés sino vietnamita.

No entiendo a los orientales.

¿Qué clase de amor es ese que no me dejó ni una dirección de mail?









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