La gaviota

Larga vida a la gaviota curiosa, aquella que sueña con ser el capitán de un barco o el niño que la alimenta con una galletita.

Y larga vida a aquella que ha despertado y sueña apenas con la posibilidad de vivir un poco más para poder seguir disfrutando de lo que la vida le ofrece.

Había una vez una gaviota que no quería ser extraordinaria. Quería ser apenas una gaviota.

Sus amigos —entre ellos el famoso Juan Salvador Gaviota—, le decían que no tenía ambiciones ni deseos de superarse.

Se burlaban de ella.

—Yo, cuando vuelva a encarnar, quiero ser diputada, o primera princesa en un concurso de belleza. No entiendo cómo es que a vos lo único que te interesa es andar volando por ahí, comer pescado crudo y tener hijitos —le decía una prima.

La gaviota sin ambiciones, llamada Vuelo Rasante, respondía con un graznido que intentaba ser una sonrisa.

—No sé —parecía decir. Es que a mí me gusta ser gaviota. Me encanta.

Los días iban pasando y no sentía ningún interés especial en convertirse en bailarina de tango, astronauta o depiladora. Le gustaba ser gaviota.

Era tan grande y evidente su vocación de querer seguir siendo lo que era, que las demás gaviotas empezaron a odiarla.

La veían como un peligroso ejemplo de mediocridad y abandono.


La soledad empezó a acompañarla como una sombra.

En su corazón de gaviota, anidaba un anhelo: quería relacionarse con un gavioto libre y brutal que vivía solo en un acantilado de la región.

Pero ese gavioto, de nombre Rudolph, era un ex alcohólico, pendenciero y jugador, que lo único que podía ofrecerle era sexo ocasional. No estaba dispuesto a comprometerse en una relación seria.

Un día se encontraron en la playa.

—Hola, Rudolph. ¿Cómo estás? ¿Querés que hagamos el amor? —le dijo ella, cansada de tanto exilio.

—Mirá, no sé, Vuelo Rasante. Vos sos una gaviota buena, mejor seguí así. Para mi vos sos como una santa, la verdad es que prefiero ir al cabaret —respondió él.

Vuelo Rasante ya no sabía de qué disfrazarse.

Cuando se alejó volando, se le cayó una lágrima. O más de una. No es posible saber cuántas porque justo en ese momento empezó a llover y las que hayan caído se perdieron en el mar, confundidas con la lluvia.

Un día, mientras estaba disfrutando del sol de la mañana, por alguna razón desconocida, empezó a pensar que tal vez no era una gaviota tan simple como ella creía. Aceptó la posibilidad de ser algo más, algo que ni siquiera sabía que era.

«Tal vez soy más gaviota de lo que pienso. Todas quieren ser otra cosa. Parece que yo soy la única que no. Pero al querer ser apenas una gaviota, soy tan soñadora como las otras. La verdad es que bien podría decirse que soy una inconformista, una revolucionaria frustrada, una activista reprimida del movimiento de liberación de las gaviotas», pensaba.

—Ahí está mi vuelo, ese es mi sueño: ser exactamente lo que soy. Gracias, Señor, gracias por este insight —dijo, en voz alta.

Fue volando hasta donde estaban todas las gaviotas que soñaban con ser otra cosa, y, con actitud temeraria, les dijo:

—Yo quiero jugar en la selección, quiero ser un mártir de la revolución francesa, el Che Guevara, Marie Curie, Frida Kahlo y una estrella del cine porno, lo quiero todo y lo quiero ya. A Rudolph le voy a dar una cepillada que lo voy a dejar temblando. Después, naturalmente, lo voy a abandonar y no va a poder olvidarme nunca. Cómo los quiero, hijos de puta. Los amo. Estoy tan feliz que voy a volar hasta un barco y le voy a dar un picotazo a un turista.

Se hizo un silencio tan grande que apenas se escuchaban las olas del mar.

De repente, Susana, una de las gaviotas más populares de la zona, gritó:

—Larga vida a Vuelo Rasante, bienvenida a casa, querida amiga.


Y todas las gaviotas empezaron a volar y a comer pescado y a soñar con ser príncipes, jugadores de fútbol o empresarios textiles.

Y todos gritaron y fueron muy felices, y no comieron perdices porque eran gaviotas y además no había, pero celebraron la vida cada una a su manera.

El único que estaba medio taciturno era Rudolph.

No parecía entender lo que estaba pasando.



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