Aunque me cueste la vida


Félix Máximo Alegre se dedicaba a ser feliz con tanto entusiasmo que a pesar de vivir una vida miserable mantuvo una sonrisa indeleble hasta el último de sus días.

Amparándose en aquellas parábolas bíblicas que hablan de la manera en que el Señor cuida de los pajarillos y los lirios del campo, había renunciado a cualquier actividad que pudiera entenderse como una falta de fe en el Altísimo.


Veía el trabajo como una invención satánica, una perversión que debía ser evitada a toda costa.

«El Señor es mi pastor y nada me faltará», repetía cada vez que alguien se negaba a darle comida o albergue.


Cuando cumplió 18 años, se mudó a una región subtropical, ya que imaginó que allí la falta de solidaridad le dolería menos. 


Una cosa es no tener techo en Ushuaia y otra en Fortaleza, y es evidente que es más fácil encontrar alimento cerca del mar que en el desierto.

Es claro que a un hombre de fe esas cosas no deberían importarle, y que un verdadero creyente debería estar dispuesto a sufrir 24 horas por día con tal de ser consecuente con sus creencias, pero Félix se apoyaba también en la palabra bíblica que dice «el placer del Padre es darte Su reino.»

«El Reino de mi Padre no es de sufrimiento. Es un Reino de Amor, Paz y Abundancia. Y lo único que pido es tener lo básico: no tiritar de frío a la noche y tener uno o dos platos de comida por día. En cuanto a la salud, gracias a Dios, por ahora no tengo que preocuparme. De lujos, ni hablemos, los tengo todos. Estoy vivo. Gracias, Señor, Gracias!», repetía, una y otra vez.

Algunos hasta lo acusaban de vago y holgazán. Nadie comprendía que era uno de los pocos hombres que estaban dispuestos a renunciar a los placeres que puede proporcionar el dinero con tal de permanecer en sintonía con la Palabra Viva.

En momentos de duda, se obligaba a si mismo a bailar y a celebrar.

Era persistente en su sonrisa. Tan persistente que algunos pensaban que estaba loco. «Una cosa es ser más o menos feliz y reírse un poco, cuando hay motivo, y otra es reírse porque sí, todo el tiempo. Eso no es normal», decían sus críticos.

Si bien nunca supo lo que es tener algo propio o disfrutar de la compañía íntima de una modelo de ropa interior, vivió hasta los 96 años sin realizar esfuerzo alguno.

Y su sonrisa todavía está impresa en la mente de aquellos que lo conocieron como una postal viva de una felicidad posible.

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