Por una cabeza

Pisé la cáscara, volví a caer en la trampa.

Más de doscientos huevos volaron por el aire y se estrellaron en el piso.

Se salvaron muy pocos. No los suficientes para poder justificar la pérdida ante mi jefe que, habiendo presenciado la escena a la distancia, se decidió a despedirme en el acto.

Lo positivo fue que logré llamar su atención.

No la de mi jefe sino la de ella.

Se rió como si estuviera viendo una película de Chaplin.

—Quedate tranquila que no me lastimé —se me ocurrió decir.
—No, disculpá, es que estas cosas siempre me dan risa —respondió.

El hemisferio racional de mi cerebro me explicó que no tenía chances, que era mucho más joven y linda que yo, me dijo que seguramente era una empresaria más o menos exitosa y que yo era apenas un repartidor de huevos que acababa de resbalarse al pisar una cáscara de banana.

Por otro lado, el hemisferio emocional, audaz y demencial, que en ese momento me dominaba, me exigió que no escuchara las palabras de su compañero de cráneo.

Me dijo que el hemisferio racional seguramente era mucho más eficaz que él para llevar a cabo una tarea tan simple como llevar huevos de un lado para el otro pero que no sabía nada del amor ni de las cosas importantes de la vida.

Le creí.

Siempre tuve una tendencia natural a ser gobernado por los dictados de ese hemisferio insensato.

—Ya que no pudiste evitar reírte de mi descuido ¿Te gustaría compensarlo haciendo la buena acción del día? —le pregunté.
—Claro, mientras no me pidas que te ayude a limpiar. Estoy yendo a una entrevista de trabajo.
—No, es más fácil. Dame tu teléfono y dejame que te permita invitarme a tomar un café.
—Me parece que te lo merecés, pero no va a ser posible. Estoy comprometida y me voy a casar el mes que viene.
—Bueno, yo no pensaba llegar tan lejos, o tal vez sí, pero entiendo que no me va a quedar más remedio que convivir con esta fantasía efímera que por un instante me hizo soñar con un futuro de a dos y pensar que no hay mal que por bien no venga.
—¿Quién sabe? Tal vez la vida te recompensa de otra manera.
—Sí, ¿quién sabe? De todas formas, valió la pena.
—Disculpame por la risa, me salió del alma. Te dejo porque se me hace tarde. Suerte.

Miré a mi jefe y vi que balanceaba la cara en un claro gesto de desaprobación.

Me acordé del tango que dice «otra ilusión que se va del corazón y que no vuelve más».

Limpié lo que había ensuciado, caminé hasta el mercado y fui despedido.

Volví a mi casa silbando «Por una cabeza».

Por lo menos, lo había intentado.



"Por una cabeza" cantado en la lengua internacional Esperanto

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