Sombras... nada más

El joven Alberto Sombras resultó ser más rebelde que todos sus antepasados juntos.

Hijo y nieto de titiriteros, tartamudo, trotamundos, miembro de una familia que nunca conoció otra ocupación que la de desarrollar su oficio en circos, parques y veredas, decidió a edad muy temprana abandonar su linaje y probar suerte en otras áreas del conocimiento humano.

Su madre, naturalmente, intentó convencerlo de que lo que más le convenía era iniciarse en el milenario arte de las sombras chinescas.

—El nombre ya lo tenés —, le dijo.

Fue inútil.

Alberto soñaba con un destino distinto, alejado de los escenarios y la incesante búsqueda de aplausos y felicitaciones.

Quería ser un pirata, surcar los siete mares en un galeón antiguo, saquear goletas y beber del vino negro de la medianoche en la cubierta de un barco fantasma.

En síntesis, quería hacer cualquier cosa con tal de no seguir el camino trillado por sus ancestros.

—No seas pelotudo, Alberto —, le decía su padre. Nosotros no seremos millonarios pero nos va bien y hacemos lo que nos gusta. En esto tenés un nombre hecho... y contactos por todas partes.

No había caso.

Lo que impulsaba al joven Sombras era un anhelo profundo de alcanzar esa libertad que sólo puede encontrarse en un mundo de ideas que aún no han llegado a manifestarse en forma de palabras.

—Voy a hacer un curso de timonel —, dijo Alberto, durante un almuerzo familiar.

—¿Vos no te habrás vuelto homosexual, no? —, le preguntó su tío, también artista, pero en muchos aspectos un conservador retrógrado y demodé.

Alberto no respondió.

Víctima de una furia incontrolable, se levantó de la mesa, tomó el revólver de su abuela, se puso una careta de Pluto y sin pensarlo dos veces se fué a robar la carnicería de su barrio.

Le fue tan bien que aprovechó para robar —también con éxito — una estación de servicio.

En media hora juntó suficiente efectivo y coraje como para iniciar una nueva vida.

Alquiló un cuarto en una casa de familia, cerca del río.

Se anotó en el curso de timonel.

Antes de matricularlo, lo mandaron a hacerse algunos exámenes médicos y le pidieron que hiciera una prueba de flotación en pileta.

En cuanto entró al agua, se sintió en su elemento.

El instructor le pidió que se desplazara.

Era como si le hablara en chino. Sombras no escuchaba más que algo que se parecía al eco de un sueño cuya estructura simbólica y poder evocador se hubieran perdido en el olvido hacía ya mucho tiempo.

—Sombras... ¡nada!... ¡nada más! —, le gritó.

—Nada... nada más... —, repitió él, en su mente, y se transformó en un pulpo, y desapareció.






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