Papel higiénico: el héroe de la pandemia

Si el papel higiénico tuviera consciencia, sería un ejemplo perfecto de servicio desinteresado.

Todos sufrimos su falta, pero nunca le agradecemos su presencia.

A los seres humanos nos gusta hablar de amor incondicional, pero en el fondo siempre tenemos la esperanza de algún tipo de reconocimiento, ya sea en la tierra o en el cielo.

El papel higiénico no puede darse ese lujo.

Fue concebido y creado para ser usado y desechado.

Como me gusta desafiar esas costumbres insensatas que aceptamos como si fueran la única realidad posible, puse un papel higiénico en una repisa en la entrada de mi casa.

Así como otros tienen un Buda o un Cristo, yo puse un papel higiénico que no puede ser usado ni en casos de extrema urgencia.

Es sagrado.

La verdad es que, sin que nadie lo sepa, cada tanto lo cambio por uno nuevo, porque su naturaleza de servicio es tan grande que con tal de hacer algo útil absorbe la humedad ambiente y poco a poco se va deteriorando.

A los arrugaditos los pongo en una caja grande y a fin de año los entierro a todos juntos, sin haber sido nunca usados más que para recordarme a mí y a quienes visitan mi casa que la existencia es fugaz y debemos disfrutarla mientras podamos.

Pronto seremos reciclados.

Si no conseguimos ser ejemplos de amor incondicional, seamos por lo menos ejemplos de servicio.

Como el papel higiénico.






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