El conocimiento silencioso

La ignorancia es la madre del conocimiento.

El padre es la consciencia.

Hay quienes, debido tal vez a su falta de entendimiento, creen que la consciencia, además de ser más importante que la ignorancia, es lo que la disipa.

Se engañan.

Sin consciencia de la ignorancia no hay forma de llegar al conocimiento.

Si Colón hubiese creído que después del horizonte había un abismo que conectaba con la nada, nunca se hubiera subido a una carabela.

Antes de quitar el velo de la sabiduría que hoy nos convoca (por favor, disculpen la solemnidad de esta introducción, pero es que el tema es muy serio, estamos en medio de una pandemia y acabo de tomar un licuado de banana con panqueques que yo mismo hice por primera vez y me salieron muy bien. Estoy en una especie de Nirvana inducido por un exceso de azúcar mascavo), me gustaría dar un ejemplo imaginario, tipo parábola, aunque con algo de hipérbole y una pitada de carambola.

Imaginemos por un momento que en una isla imperceptible para los radares y satélites humanos existe una tribu de 500 personas que viven de fiesta en el medio del Océano Atlántico.

Algunos miembros de la tribu han desarrollado, fruto del aburrimiento, un juego que tiene exáctamente las mismas reglas que el fútbol, tal como nosotros lo conocemos. Igual.

Juegan todas las lunas llenas.

Por causas genéticas o de personalidad, o por causa de tanto jugar, algunos jugadores desarrollaron habilidades mayores y se agruparon en lo que llaman un equipo invencible. Una especie de All Blacks de esa isla imaginaria.

Tanto ellos como los demás miembros de la tribu están convencidos de que son invencibles y de que llegaron al punto máximo de desarrollo posible para la condición humana en ese tipo de juego.

En una de esas, justo en el día en que les toca jugar, cae del cielo un avión que venía transportando al Barcelona de Messi en su mejor momento, con Neymar, Suárez e Iniesta, todos muy motivados.

Después de darse cuenta de que están todos sanos y salvos, los jugadores son recibidos por los lugareños que, siendo unos caníbales, pero muy honrados, les ofrecen un trato: participarán de una competencia deportiva. Si ganan, se les dará un espacio en la isla para poder vivir. Si pierden, serán parte de un gran asado festivo, en la forma de plato principal.

Los jugadores del Barça están desesperados. A pesar de ser atletas, imaginan que si se trata de un concurso para trepar en árboles, pescar o cazar animales salvajes, los nativos les ganarán fácilmente.

Para hacerla corta, los llevan a una cancha con buen pasto, exáctamente igual a la que ellos están acostumbrados a jugar. Cuando les explican las reglas del juego, se dan cuenta de que se trata de fútbol. Igual. Todo igual. Hasta hay un árbitro que es conocido por ser la persona más justa e imparcial de la isla.

Empieza el partido.

Termina el partido.

Barcelona gana 93 a 0.

Los jefes de la tribu hacen una reunión de emergencia y deciden que los que llegaron del cielo son dioses que deben ser servidos y adorados.

Les construyen unas chozas fantásticas, les ofrecen sus jóvenes más hermosas como esposas, y los homenajean todos los días con los manjares más exquisitos de la isla.

Les ruegan que les enseñen fútbol.

Los profesionales, un poco tristes, un poco felices, pero siempre muy cautos, aceptan, pero, naturalmente, los instruyen en los aspectos más básicos y no dejan de entrenar todos los días mientras los nativos siguen jugando sólo una vez por mes. Por las dudas.

Ahora sí, como ya hemos establecido las bases de esta enseñanza radioactiva, podemos pasar al corazón de esta poesía incendiaria.

Yo sé que decir "la humanidad" es muy ambicioso. La humanidad no parece ser un organismo. Es más bien una bolsa de gatos en donde millones de seres similares hacen lo posible para seguir viviendo de la mejor manera posible de acuerdo a sus capacidades, oportunidades y entendimientos.

Pero para los fines prácticos de este experimento salvaje, pensemos por un instante que existe una inteligencia que nuclea a todos los seres humanos en un gran colectivo que puede tomar decisiones.

Si "la humanidad" cree que es el no va más de la evolución y que está haciendo todo de manera perfecta, está sonada. Está como los muchachos de la tribu.

Estará más expuesta a interpretar la llegada de un OVNI como la llegada de un dios o a inventar algún tipo de juguete que haga que la Tierra se parta en dos.

Sólo una aceptación humilde de nuestra ignorancia podría salvarnos de esta amenaza.

Sólo así podríamos pensar en caminos evolutivos más sensatos, pacíficos, amorosos, etc.

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