El sonido de la pandemia

Más difícil que soportar la ausencia de esos ruidos espantosos que nos ayudan a olvidarnos de nosotros mismos es aguantar el silencio de los inocentes, el de las personas queridas, o el de aquellas que podríamos llegar a querer y ahora cuando nos ven se cruzan de vereda.

Las escuelas están cerradas. En las plazas está prohibido jugar. Los niños deben estar saltando y gritando en sus casas. Sus padres, al borde de un ataque de nervios.

Nosotros estamos solos, acuartelados, a un millón de años luz de casa.

Hoy se me dio por las citas.

Eso me recuerda un chiste lindo, que, ya que estamos, te cuento.

Un hombre le dice a una mujer: "No podemos vencer las pasiones, pero sí dominarlas. Es una cita de Heráclito. A usted ¿le gustan las citas?". Ella responde: "Sí, me encantan". Él: "Qué bueno, porque yo conozco una casa de citas."

Por hoy, esto es lo que tengo.

Tal vez esperabas leer algo que te nutriera un poco más, aprender una receta, o alcanzar la salvación a través de la lectura de alguna línea de inspiración divina.

No sé si estas modestas palabras te permitirán alcanzar estos u otros objetivos, pero espero que por lo menos te den la ilusión de que es posible alcanzarlos en otra parte.

Volviendo al tema que nos ocupa, diré que ahora, por raro que parezca, está cantando un gallo. Es posible que los nuevos ritmos humanos de la pandemia hayan alterado su reloj biológico. No es hora de cantar para un gallo. Bueno... ¿Quién soy yo para decidir a qué hora tiene que cantar? ... que haga lo que quiera... la verdad es que se lo agradezco... es esto o volver a Netflix...

Para meditar, es ideal. Parece que uno es el último habitante del planeta.

Es como estar en un templo tibetano abandonado.

El único problema es que uno tiene miedo de alcanzar la iluminación porque le parece que no va a tener con quien compartirla, y ahí, para animarse un poco, empieza a pensar todo tipo de pavadas, empieza a soñar con viajes a lugares maravillosos y fiestas electrónicas.

Es cierto, el sabio puede vivir y morir en la punta de una montaña, solo, y aún así andar con una sonrisa, compartiendo su alegría con cucarachas y escorpiones.

Pero la gente normal, como nosotros, es más del tipo juntarse a tomar mate, a comer algo o a jugar a las cartas.

Ni hablar de darnos unos masajes y reírnos sin motivo.

Ahí está la cosa. En este silencio uno entiende muy bien que somos seres sociales. 

Y esto ya viene desde el tiempo de Adán, que parece que estaba en el paraíso, pero se aburría como un hongo. 

Por eso le fabricaron a Eva.

No quiero entrar en el tema de que eso tampoco funcionó muy bien. 

Imagino que por un tiempo lo deben haber pasado fenómeno. 

Sólo después vinieron la desobediencia, el exilio, los hijos, el fraticidio, etc. 

Cambiando un poco de tema, antes de cerrar este escrito atípico, de esta fruta exótica, quiero decir que vi un documental en Netflix (antes de sentarme a escribir y escuchar al gallo) que me dejó temblando.

Se llama Human Nature.

Habla de la edición del genoma humano. CRISPR, CAS9, su ruta.

Es un tema tan interesante que, en caso de ser posible, lo vamos a tratar en un próximo encuentro.

Por hoy, chauchis.

Om Shanti.

Oooooommmmmmmmm



Práctica guiada de Yoga Nidra


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