Samurái


Así como la Constitución argentina tiene un preámbulo, que nos sitúa y nos prepara para el contenido esencial que será presentado en la Constitución propiamente dicha, este escrito revolucionario —que va a enfocarse sobre uno de los aspectos más extraordinarios de la vida del legendario samurái Miyamoto Musashi—, necesita un prólogo.

Nota: que conste que digo un "prólogo" por no decir una "introducción", lo que acabaría en un instante con esa práctica tan linda que se conoce popularmente como juego previo.

Aquellos amantes que se avalanzan sobre sus parejas como astronautas cuyo único objetivo es clavar la bandera de su país en la luna, no entienden nada del amor y, muy probablemente, tengan su conciencia en un estado de preservación y desarrollo semejante al de las algas o las piedras.

Sin más preámbulos, vamos al prólogo.

Recién estaba leyendo la "Ley de la Intención y el Deseo", que corresponde al día jueves en "Las Siete Leyes Espirituales del Éxito", el programa de Deepak Chopra, cuando un párrafo me golpeó con la fuerza de un rayo.

Decía así: "liberaré mi lista de deseos y la entregaré al seno de la creación, confiando en que cuando parezca que las cosas no están saliendo bien, hay una razón, y en que el plan cósmico tiene para mí unos designios mucho más importantes que los que yo he concebido".

Apenas me podía mover. Con la poca fuerza que me quedaba abrí un archivo y me puse a escribir estas palabras, cuando en realidad lo que quería hacer era revolear la computadora junto con todos los supuestos conocimientos espirituales con los que los pseudo gurúes de la Nueva Ola nos entretienen.

Como verás, me contuve.

Plan cósmico... te voy a dar... vayan a laburar, atorrantes...

Pero no culpemos a Deepak, ni a nosotros mismos... en ese aspecto estoy de acuerdo con los gurúes... nada de culpa, ya tuvimos suficiente... 

Vamos un poco antes, a la educación cristiana.. a la famosa oración que es el pilar de la doctrina... El Padre Nuestro.

Seamos honestos, el 99% de las personas que rezan le piden a Dios todo tipo de bienes y servicios: que se  salve la tía, que podamos por fin tener la casa propia, que gane Argentina, que Juan Carlos encuentre una chica que lo quiera bien, que Bobby, el perrito, se recupere y pueda volver a caminar, etc.

Inmediatamente después, un Padre Nuestro, cuya esencia es: "hágase tu voluntad y no la mía."

¿En qué quedamos? Si Dios tiene el poder de administrar los asuntos humanos, ya lo está haciendo como mejor le parece, y por más que le pidamos por la vida de nuestra abuelita o por que nos salga el crédito inmobiliario, no va a cambiar de idea, porque es Dios, todopoderoso, omnisciente, etc.

Resumiendo, si hay un plan divino que tiene designios mucho más importantes que los que yo he concebido, ¿para qué voy a perder mi tiempo concibiendo otros? Hagamos la voluntad del Padre y listo.

Hágase tu voluntad y no la mía. Ya decir esto debería avergonzarnos.

Es obvio que si hay un plan divino la cosa va a ser así y no de otra manera.

Muy bien, establecidas las bases, podemos pasar al tema de Musashi, el samurái.

Cuanta la leyenda que a pesar de no haber experimentado jamás algo que se pareciera en algo a una derrota, Miyamoto no estaba contento. Se preguntaba una y otra vez si su éxito se debía al hecho de que había desarrollado todo su talento, o si era invencible sólo porque sus adversarios eran unos holgazanes incompetentes que no se preocupaban por pulir sus destrezas.

Obsesionado con esta idea, a pesar de ser el número uno indiscutido, empezó a entrenarse sin descanso. Estudiaba cuanto libro le llegaba a las manos, practicaba sus movimientos una y otra vez, de la mañana a la noche, y, de vez en cuando, ya que siempre hay algún atrevido que quiere ir más allá de sus propios límites, se enfrentaba con algún desafiante, al que, naturalmente, vencía con un sólo lance de su espada.

Así pasaba sus días, hasta que una fría mañana de invierno apareció un samurái que por primera vez en su vida lo hizo dudar de su invencibilidad. Lo retó a un duelo a muerte.

Se enfrentarían la próxima luna llena, a las cinco de la mañana (cosa de samurái), en la punta de la montaña sagrada (otra vez, cosa de samurái).

Cuando llegó el día, Miyamoto, que era muy puntual, a las tres ya iba rumbo al encuentro. En el camino, encontró una pequeña capilla. Él, que nunca jamás había rezado, se arrodilló y pidió orientación y guía para salir airoso en el combate que se avecinaba.

Nota: con salir airoso quiero decir que el otro no lo atravesara de un espadazo, o, como decía mi padre "no lo ensartara como churrasco de croto".

Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se avergonzó. Ruborizado, miró para todos lados, pero, como podrán imaginar, no había nadie. ¿Quién va a andar por esos descampados a las tres de la mañana de un martes durante el invierno japonés?

Inmediatamente, salió de la capilla, se sacudió el polvo, se alisó un poco el pelo, y se puso a pensar.

"Soy un cobarde. La primera vez que tengo la oportunidad de pelear con alguien que parece que sabe lo que hace, y entro a una capilla a pedirles ayuda a los dioses... Gracias a Dios no me vio nadie... si no, me tenía que hacer el Harakiri..."

Después de reflexionar así por unos instantes, tomó un pedazo de madera que oportunamente para la historia tenía el buen gusto de estar disponible ahí en ese momento, y con su cuchillo grabó la siguiente frase: "Venera a los budas y a las divinidades, pero no cuentes con ellos".

Fue hasta la punta de la montaña, venció a su enemigo, y, a partir de entonces, cada vez que encontraba un pedazo de madera, escribía lo mismo: "Venera a los budas y a las divinidades, pero no cuentes con ellos".



Comentarios

  1. 👋😊 Ojalá haya salido airoso e ileso!🙏

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    1. Parece que le fue relativamente bien... venció ese combate, pero parece que se sintió siempre un poco avergonzado por su actitud...

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