Hacer el amor

La presencia puede ser conjurada en cualquier parte. 

No es necesario ir a un templo para establecerse en su delicado y potente equilibrio.

En el baño de un bar de Constitución se puede vislumbrar la eternidad.

Claro, en el Hotel Hilton de las Islas Maldivas, también.

El sabio, cuando puede, elige encontrarse con la divinidad en los lugares más lindos a los que la situación le permita acceder.

Pero lo más importante es que la presencia puede ser conjurada en cualquier parte.

Hay quienes no encuentran la felicidad aún pudiendo acceder a todas las maravillas que este mundo puede ofrecer, y hay quienes la disfrutan en medio de las situaciones más espantosas.

Yo soy a favor de la belleza, la abundancia y la alegría, pero cuando la vida se me presenta con sus vestimentas más desagradables, trato de encontrar esas cualidades aunque sea tratando de verlas escondidas entre las ruinas que ante mis ojos se presentan.

De esa manera, siento que elijo, o creo, tanto del verbo crear como del verbo creer, una realidad por la que estoy dispuesto a apostar lo poquísimo que tengo (siempre y cuando estemos de acuerdo en que es posible que alguien pueda tener algo, o que yo pueda tenerlo).

Si llegaste hasta este punto, es hora de que empecemos a hablar en serio.

Qué lindo es hacer el amor.

Es posible que el universo no tenga ningún sentido y que toda la historia de la humanidad sea borrada de un plumazo por un meteorito o un conjunto de bombas atómicas explotando al unisono, pero, mientras tanto, cuando uno tiene la suerte de hacer el amor, qué lindo es todo. 

Uno se olvida de las pequeñas miserias cotidianas. 

Por unos momentos, todo es maravilloso.


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