Poesía

Yo peso diez mil kilos, cien mil kilos para amarte, para cuidarte.

Estoy acá, firme y fuerte como un árbol o una campana.

A la muerte apenas la nombro, la veo como algo de lo que tendré que ocuparme cuando llegue el momento, si es que corresponde.

Al cambio sí, es evidente, pero lo veo como un cohete que se dirige a una galaxia distante en la que las personas disfrutan de una felicidad que nosotros ni siquiera podemos imaginar.

Ahora estoy cazando poetas.

Lancé mi caña al río energético del cosmos y ya tuve los primeros piques.

Algunos se estremecieron, otros respondieron como si una brisa leve les hubiera recordado un evento de su infancia o un tornado.

A vos no te cacé, claro, porque estas en otra selva, sos fosforescente, brutal, divina. 

Pero ya conseguí algo de alimento como para no morir hoy de hambre en el camino.

Mirá esto... es Pablo Neruda... qué maravilla....


El pie del niño aún no sabe que es pie,

y quiere ser mariposa o manzana.

Pero luego los vidrios y las piedras,

las calles, las escaleras,

y los caminos de la tierra dura

van enseñando al pie que no puede volar,

que no puede ser fruto redondo en una rama.

El pie del niño entonces

fue derrotado, cayó

en la batalla,

fue prisionero,

condenado a vivir en un zapato.

Poco a poco sin luz

fue conociendo el mundo a su manera,

sin conocer el otro pie, encerrado,

explorando la vida como un ciego.

Aquellas suaves uñas

de cuarzo, de racimo,

se endurecieron, se mudaron

en opaca substancia, en cuerno duro,

y los pequeños pétalos del niño

se aplastaron, se desequilibraron,

tomaron formas de reptil sin ojos,

cabezas triangulares de gusano.

Y luego encallecieron,

se cubrieron

con mínimos volcanes de la muerte,

inaceptables endurecimientos.

Pero este ciego anduvo

sin tregua, sin parar

hora tras hora,

el pie y el otro pie,

ahora de hombre

o de mujer,

arriba,

abajo,

por los campos, las minas,

los almacenes y los ministerios,

atrás,

afuera, adentro,

adelante,

este pie trabajó con su zapato,

apenas tuvo tiempo

de estar desnudo en el amor o el sueño,

caminó, caminaron

hasta que el hombre entero se detuvo.

Y entonces a la tierra

bajó y no supo nada,

porque allí todo y todo estaba oscuro,

no supo que había dejado de ser pie,

si lo enterraban para que volara

o para que pudiera 

ser manzana.




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