Sándalo

De todos los autoengaños por los que podemos optar para justificar nuestra existencia, el amor es el mejor.

El amor por otras personas es excelente, pero muchas veces resulta tan fugaz que no alcanza para poder decirnos a nosotros mismos "vale la pena vivir por Patricia (o Ricardo)" y creernos. Dura lo que un suspiro en una canasta. 

El amor por hijos es un poco más fuerte. Está anclado en pulsiones de supervivencia más potentes y nos permite además practicar nuestro orgullo al mismo tiempo: al final, a los hijos los hicimos nosotros. Sin discutir si lo que amamos es al otro, o al hecho de que lo sentimos como una creación propia y por lo tanto digna del mayor de los amores, el amor por la prole suele durar más que el por otras personas con las que no tenemos vínculo sanguíneo y está muy cerca de darle a cualquiera un motivo para vivir durante el tiempo que le toque pasar en el planeta Tierra.

Pero el campeón indiscutido a la hora de saber disfrutar de esta sopa infinita en la que nos movemos y tenemos nuestro ser es el amor incondicional por todo lo que existe sin necesidad de tener que tener o dar explicaciones por su origen o manifestación.

Amo la respiración, los árboles, las estrellas. Amo a mi tía Carla, al seleccionado australiano de volei femenino, al plomero. Amo la decadencia y la muerte de las flores, los animales y las mias propias, las colas en el supermercado, los impuestos, la depresión, todo lo que es oscuro y triste, el miedo, la soledad, el odio, lo amo todo, porque sí, porque se me canta.

Amo tanto todo y me amo tanto a mi mismo, que si sintiera odio también lo amaría. Claro, no puedo sentirlo porque la fuerza de mi amor incandescente inmediatamente lo diluye, pero en su lugar amo mi incapacidad para sentir odio y así me siento tan bien conmigo mismo que me amo y lo amo todo aún más. 

Como diría Louise Hay, me amo, me acepto y me apruebo. 

Mientras tenga conciencia amaré lo que venga. Cuando lo que venga sea bueno, lo amaré porque es bueno, y cuando sea malo, lo amaré como un antídoto o como una venganza contra las fuerzas que lo trajeron, seré como el Sándalo que perfuma el hacha que lo hiere.








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