Tócala de nuevo, Sam

Son pocas las personas que disfrutan viajando en un colectivo lleno, y hasta los adolescentes más entusiasmados sienten la necesidad de salir del boliche cuando pierden la capacidad de moverse de manera independiente. 

En un estadio, pasa lo mismo. Una cosa es el estímulo que puede provocar la sensación de creer pertenecer a una tribu urbana y otra sentir a alguien poniéndote un codo en la cara cuando come un pancho.

Con esto te quiero decir que hasta las personas menos territoriales tienen una consciencia instintiva de querer proteger su cuerpo contra las amenazas externas.

Dos personas pueden discutir por horas. Ahora, cuando a uno se le ocurre agarrarle el brazo a otro, ahí parece que se hubiera tirado una bomba atómica y se hubiera entrado en el terreno del "vale todo".

Juan me dijo que la película Granizo es muy mala y a mi me gustó. Nos despedimos y cada uno se fue pensando que el otro no sabe nada de cine.

Juan me pegó un martillazo en el dedo, yo le respondí con una patada de karate y nos tuvo que separar la policía.

Con esta introducción, llegamos al punto que quiero registrar en este diario abierto que disponibilizo al mundo con el objetivo de que pueda ayudar a otros náufragos en su camino hacia costas soleadas y abundantes en frutos y agua potable. 

Defendemos nuestro cuerpo como si fuera nuestra casa o un búnker en el que nos protegemos de los horrores de la guerra, pero nuestra mente la entregamos al enemigo con el mismo desinterés que mostraríamos al enterarnos de que murió una mosca en China.

El celular —que es una herramienta magnífica— se convierte cada día más en un elemento capaz de alejarnos de nuestros semejantes. Parece ser siempre más importante que la comida o que las propias personas con las que compartimos una mesa. 

Lo peor es que se vuelve, junto a otras distracciones, más importante que nosotros mismos. 

Le entregamos nuestra atención al mundo con la misma libertad con la que haríamos una donación al Hospital de Niños si el dinero fuera de otro.

Estás estudiando, trabajando, imaginando tu futuro, o simplemente disfrutando de algo, y de repente te parece más importante enterarte de qué está comiendo tu prima que vive en México o cómo fue recibido Lionel Messi en su regreso a los entrenamientos en el PSG.

Si cuidáramos nuestra mente con el mismo entusiasmo con que cuidamos nuestro cuerpo, estaríamos
mucho más concentrados en el famoso "aquí y ahora" y menos "papando moscas"¹. 

Nota: entiendo que la expresión "papando moscas" es un poco antigua y que los milenials, si se interesaran por este escrito radioactivo, tendrían que buscarla en Internet para saber qué quiere decir, pero no pude evitar usarla porque me gusta de vez en cuando darle un toque retro a estas reflexiones incandescentes. 

Aquí y ahora, vos estás leyendo estas palabras. Probablemente, si llegaste hasta acá, estés pensando en que tal vez contengan un mensaje que pueda de alguna manera serte útil. 

No salgas corriendo a ver tu teléfono o el noticiero. Tomate un minuto. Respirá. Fijate qué te pasa a vos. ¿Qué querés? ¿Qué te pasa cuando no querés nada? ¿Cómo podrías hoy alegrar a un semejante, cómo podrías alegrarte a vos mismo o a vos misma?



¹ La Real Academia de la Lengua Española define el verbo papar como “Comer cosas blandas, como sopas, papas, etc. sin masticar”. De tal forma que estar “papando moscas” se traduce vulgarmente como estar “tragando moscas”. Hoy en día, la palabra papar no se utiliza prácticamente en ningún lugar, pero hace unos 200 años era muy común oírla en España y algunas de sus colonias.

A ciencia cierta no se sabe cómo es que esta frase llegó a popularizarse, sin embargo, podemos imaginar perfectamente cómo surgió. Pensemos en una taberna insalubre del siglo XVIII, el lugar es oscuro y la higiene mínima. En su interior, un grupo de amigos come algunos platillos y bebe algunas copas, de pronto Manolo, el miembro más joven del grupo, se distrae con las curvas de Lola (la mesera) mientras sigue comiendo su sopa, la cual, ya cuenta con algunas moscas que se han ahogado en el caldo. Antonio, al ver esto le grita: “¡Joder Manolo, que estás papando moscas!”

Seguramente el origen no fue así, pero debe haber sido algo muy parecido. La moraleja de la historia es que no hay que distraerse, sobre todo al comer, ya que podemos terminar con algo en la boca tan desagradable como, por ejemplo, una mosca.


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