En busca del abrazo perfecto - Errar es humano
Era una de esas noches de otoño que anticipan un invierno crudo. El Poeta sin Obra, enfundado en un sobretodo antiguo, se desplazaba entre la niebla como lo haría el holograma de un transatlántico inexistente. La barba le había crecido así como los yuyos en los terrenos baldíos. Cualquiera que lo conociera se daría cuenta de que estaba con un pié en el más allá y el otro un poco más lejos. En su glándula pineal se formaba una y otra vez la imagen de un diminuto canario invisible que — habiendo sido privado de la libertad por un epistemólogo coreano — hubiera decidido llamarse a silencio, y sólo cantar telepáticamente para su compañera imaginaria cuando el vendaval del instinto, o alguna otra súbita ráfaga de alegría inexplicable, lo obligara a hacerlo. Para no extendernos demasiado tratando de describir aquello que escapa a toda descripción, diremos que estaba más cerca de alcanzar la conciencia cósmica que de preocuparse por la cotización del dólar. Ib...