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Mostrando las entradas con la etiqueta Batman

Trabajos insalubres

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Cuando era chico, me gustaba la serie Kung Fu, me reía con el Súper agente 86 y de vez en cuando veía los dibujitos. El Avispón Verde y el Llanero solitario me causaban rechazo. No me gustaba la gente enmascarada, y mucho menos cuando se proponían como paladines de la justicia. Yo pensaba que el bien había que hacerlo a cara descubierta, que sólo así uno demostraría que tenía agallas para estar en contra del instinto animal que dominaba a la humanidad. Estaba convencido que ser bueno a escondidas era cosa de cobardes. A medida que fue pasando el tiempo, y fui descubriendo en mi mismo cada vez más cosas despreciables, empecé a aceptar a ese tipo de héroes semi anónimos. Lo que no me esperaba era tener que personificar a uno para poder pagar mis cuentas. Era un 12 de agosto. Hacía mucho frío. Estaba viviendo de prestado en la casa de unos conocidos de unos conocidos, en unos monoblocs de un barrio de cuyo nombre prefiero olvidarme. En un momento en el que estaba temblando...

Batman

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Cuenta la leyenda que a Batman le gustaba mucho el rocanrol. Dicen que empezó a ponerse el antifaz para poder dar rienda suelta a sus instintos más salvajes sin afectar su imagen de filántropo. Otros aseguran que se disfrazaba porque le gustaba, y que además de su traje de murciélago tenía uno de médico, otro de bombero y hasta uno de astronauta. El asunto es que le gustaba más hacer el amor que respirar. Las chicas de Ciudad Gótica conocían su mansión mejor que Alfred. Un día típico de Batman comenzaba siempre después del mediodía, presentándose en una o dos organizaciones de caridad para donar algo y mantener así su fachada de hombre respetable. Después, almuerzo, siesta, y fiesta hasta el otro día. Pero, como bien dice el refrán, a cada chancho le llega su San Martín. Una noche, hablando con el Guasón, tuvo un insight , un despertar. Se dio cuenta de que si seguía por ese camino acabaría por cansarse. —Basta, me voy —gritó, dándole un golpe a la mesa con su puñ...