Trabajos insalubres
Cuando era chico, me gustaba la serie Kung Fu, me reía con el Súper agente 86 y de vez en cuando veía los dibujitos. El Avispón Verde y el Llanero solitario me causaban rechazo. No me gustaba la gente enmascarada, y mucho menos cuando se proponían como paladines de la justicia. Yo pensaba que el bien había que hacerlo a cara descubierta, que sólo así uno demostraría que tenía agallas para estar en contra del instinto animal que dominaba a la humanidad. Estaba convencido que ser bueno a escondidas era cosa de cobardes. A medida que fue pasando el tiempo, y fui descubriendo en mi mismo cada vez más cosas despreciables, empecé a aceptar a ese tipo de héroes semi anónimos. Lo que no me esperaba era tener que personificar a uno para poder pagar mis cuentas. Era un 12 de agosto. Hacía mucho frío. Estaba viviendo de prestado en la casa de unos conocidos de unos conocidos, en unos monoblocs de un barrio de cuyo nombre prefiero olvidarme. En un momento en el que estaba temblando...