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Mostrando las entradas de diciembre, 2017

La muerte de una estatua

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Dependiendo del material del que esté hecha y del lugar en donde esté instalada, una estatua puede vivir entre unas pocas horas y miles de años. Algunas, las más resistentes, se van deteriorando de a poco, como el sol o las montañas. Es evidente que su vida no está tan organizada como la nuestra y que sus aventuras, en caso de que pudieran entenderlas, carecerían de interés incluso para las integrantes de su propia especie. La historia de una estatua de mármol es la historia del mármol. Una vez que fue esculpida, se desarrolla igual que si nunca la hubieran tocado. Es un pedazo de mármol que apenas representa algo para quien la hizo, para los que la miran y los pájaros que se posan sobre ella. Los átomos que forman lo que llamamos mármol se moverán igual en un museo que en una cantera. Claro, habrá pequeñas diferencias, y es posible que el marmol que fue tallado y es preservado en un cuarto con temperatura controlada siga siendo mármol más tiempo que aquel que está a la merce...

¿Hay algún carpintero abordo?

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Las cosas no estaban yendo de acuerdo a lo planeado. Nos habían ordenado por peso y tamaño. Nosotros estábamos abajo, junto a los más grandes, supuestamente para darle soporte y estabilidad al arca. Durante algunas horas, junto a elefantes, osos e hipopótamos, fingimos convivir pacíficamente en esa antinatural armonía que imaginamos sería breve y mucho más confortable de lo que en realidad era. Después de dos días de ayuno, recibiendo como único alimento apenas los excrementos de los animales más pequeños, el descontento general empezó a expresarse de maneras cada vez menos sutiles. —A ver los monitos, si se pueden hacer cargo de sus cosas. Si es necesario, saquen la colita por la ventana —, dijo una vaca, a punto de perder la paciencia. La estadía se prolongaba. Afuera no paraba de llover. Había rayos, truenos, olas. De repente, se escuchó un grito. En el aire viciado del recinto flotaron algunas plumas. —Esta guacha me quiso morder —, dijo el loro. —Perdón, no sé q...

Millennials

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Algunas personas de más de 40 ya empiezan a comportarse de la misma forma en la que se comportaban sus padres y por la que tanto los criticaron. Sufrían mucho cuando los escuchaban decir que Bach y Mozart eran mejores que los Beatles, esos homosexuales de pelo largo. Sin embargo, ahora van contra las costumbres y la cultura actual como si fuera la encarnación del demonio. Como amante de la música en general —y del instante presente en particular—, voy a señalar algunos puntos que quizá ayuden a los indignados de la Generación X a comprender a los jóvenes de la Generación Y. 1 - Los nostálgicos de la guitarra y la poesía insisten en que Violeta Parra, Vinicius de Moraes, Silvio Rodríguez, y tantos otros artistas maravillosos, eran portadores de una antorcha sagrada que debería seguir ardiendo por los siglos de los siglos. Lo que no ven es que la antorcha sigue ardiendo, al igual que la música de Beethoven o los cuadros de Leonardo da Vinci, sólo que ahora no lo hace en un ...

Paralelas

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Nadia Lozano se desmayó mientras estaba practicando su compleja rutina de gimnasia artística. Nadie se preocupó demasiado ya que tanto su madre como su entrenador estaban convencidos de que era una joven promesa del deporte y que cualquier sacrificio valdría la pena para posicionarla entre los mejores practicantes de esa exigente disciplina. El problema era que la niña tenía sólo siete años. Víctima del fervor insensato de los adultos que la rodeaban, se dedicaba sin descanso a perfeccionarse para tratar de ser la mejor. Cuando recobró el conocimiento, su madre le preguntó si quería tomar un descanso. —Preferiría tomar un helado —respondió la niña. Se hizo un silencio muy extraño que pareció profundizarse con cada sonido producido por los jóvenes que habían retomado sus actividades en cuanto vieron que la situación estaba más o menos controlada. —Mi amor, todavía faltan dos horas. Si vamos a tomar un helado, vas a perder toda la parte de las anillas —dijo la madre. —Q...

Por una cabeza

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Pisé la cáscara, volví a caer en la trampa. Más de doscientos huevos volaron por el aire y se estrellaron en el piso. Se salvaron muy pocos. No los suficientes para poder justificar la pérdida ante mi jefe que, habiendo presenciado la escena a la distancia, se decidió a despedirme en el acto. Lo positivo fue que logré llamar su atención. No la de mi jefe sino la de ella. Se rió como si estuviera viendo una película de Chaplin. —Quedate tranquila que no me lastimé —se me ocurrió decir. —No, disculpá, es que estas cosas siempre me dan risa —respondió. El hemisferio racional de mi cerebro me explicó que no tenía chances, que era mucho más joven y linda que yo, me dijo que seguramente era una empresaria más o menos exitosa y que yo era apenas un repartidor de huevos que acababa de resbalarse al pisar una cáscara de banana. Por otro lado, el hemisferio emocional, audaz y demencial, que en ese momento me dominaba, me exigió que no escuchara las palabras de su compañero de cr...