El protector
El Coreógrafo del Silencio estaba sentado, pero quieto como esos artistas callejeros que se disfrazan de estatua. Por un momento, pensé que había alcanzado el paranirvana, o que estaba muerto. Algunas palomas se peleaban por las migas de un sandwich que tenía en la mano derecha. Eso fué lo que me hizo pensar que tal vez estaba muerto. En otras ocasiones lo había visto alimentar palomas, pero siempre como si fuera un semidios, nunca con esa pasividad espeluznante. Había una que incluso se había parado en su cabeza, funcionando tal vez como centinela para el festín de sus compañeras. Me acerqué y las espanté con las manos. En ese momento no estaba preparado para respetar el derecho a la vida y la libertad de las palomas. Me preocupaba más que mi amigo estuviera muerto. Lo sacudí. Abrió un ojo como quien abre una lata de sardinas. Después abrió el otro, y no dijo nada. Hubiera pensado que estaba enojado por la interrupción si no fuera porque su mirada se parecía más a...