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Mostrando las entradas de julio, 2019

Los libros de la buena memoria

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Julio  — conocido entre sus amigos como "El Príncipe", debido al poquísimo interés que demostraba por realizar cualquier tipo de tarea — ,  la amó en silencio. La primera vez que la vio, fue en televisión. Ella estaba siendo consultada en un programa de variedades en el que se discutía si las personas de ahora leían más o menos que antes de que apareciera Internet. En cuanto la vio, Julio se convenció de que pertenecía a una especie mutante que con su sola presencia demostraba la existencia de un poder superior. Supo que, además de ser extraordinariamente bella, era bibliotecaria y se llamaba Sandra. Impulsado por una pasión ardiente, consiguió vencer su inercia existencial y empezó a desplazarse todos los días hasta el edificio en donde ella trabajaba. Después de mirarla de lejos durante meses, tratando de evitar que alguien sospechara que tenía objetivos que nada tenían que ver con la búsqueda del conocimiento, se animó a pedirle un libro. Ella lo trató co...

Papel higiénico: el héroe de la pandemia

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Si el papel higiénico tuviera consciencia, sería un ejemplo perfecto de servicio desinteresado. Todos sufrimos su falta, pero nunca le agradecemos su presencia. A los seres humanos nos gusta hablar de amor incondicional, pero en el fondo siempre tenemos la esperanza de algún tipo de reconocimiento, ya sea en la tierra o en el cielo. El papel higiénico no puede darse ese lujo. Fue concebido y creado para ser usado y desechado. Como me gusta desafiar esas costumbres insensatas que aceptamos como si fueran la única realidad posible, puse un papel higiénico en una repisa en la entrada de mi casa. Así como otros tienen un Buda o un Cristo, yo puse un papel higiénico que no puede ser usado ni en casos de extrema urgencia. Es sagrado. La verdad es que, sin que nadie lo sepa, cada tanto lo cambio por uno nuevo, porque su naturaleza de servicio es tan grande que con tal de hacer algo útil absorbe la humedad ambiente y poco a poco se va deteriorando. A los arrugaditos los pongo e...

En la cafetería de Disneylandia

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Algunos años atrás, mis padres fueron a Disneylandia con la esperanza de encontrar un poco de diversión en ese universo de fantasía. Como en esa época todavía no estaba de moda la autoayuda, y la meditación era vista como una práctica inútil reservada para personas que no tenían nada mejor que hacer, mis padres estaban convencidos de que el entretenimiento y la felicidad eran cosas que se encontraban siempre afuera, y de que el grado de plenitud existencial que uno pudiera alcanzar tenía una relación directamente proporcional a la cantidad y calidad del estímulo recibido. Por eso, como Disneylandia les parecía el lugar más divertido del mundo, con gran entusiasmo hicieron sus valijas y partieron rumbo a la aventura. El primer día, después de disfrutar de todo tipo de atracciones mecánicas, se detuvieron un momento para tomar una malteada. Ver al Ratón Mickey comiendo una dona les parecía casi un sueño, ver a un falso astronauta tratando de tomar su café con una pajita plástic...

Plaf... plaf...

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Acaricié tu recuerdo como si fuera una naranja.  Tuve ganas de vomitar.  Siempre sentí un rechazo visceral por los recuerdos, así fueran del pasado, el presente o el futuro.  Aunque tengo que aceptar que me siento un poco ausente cuando me olvido de mí mismo, mentiría si te dijera que me entusiasma la idea de recordarme.  Me entusiasma mucho más la idea de ganar la Lotería. — Tucán, tucán  —, me grita un alquimista que me odia, pero se ve obligado a dictarme poemas iridiscentes para poder librarse de una vez por todas del karma que lo ata a este planeta poblado apenas por gacelas y robots de protoplasma. Me siento perdido.  Me encanta. Flotando en el útero de un fakir de porcelana, apenas tengo fuerzas para subirme al colectivo que no va a ninguna parte. Miro a los pasajeros. Veo que no saben que la unidad en la que viajamos es dirigida por control remoto desde un centro de inteligencia artificial con Alzheimer. Entonces, una v...