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Aunque me cueste la vida

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Félix Máximo Alegre se dedicaba a ser feliz con tanto entusiasmo que a pesar de vivir una vida miserable mantuvo una sonrisa indeleble hasta el último de sus días. Amparándose en aquellas parábolas bíblicas que hablan de la manera en que el Señor cuida de los pajarillos y los lirios del campo, había renunciado a cualquier actividad que pudiera entenderse como una falta de fe en el Altísimo. Veía el trabajo como una invención satánica, una perversión que debía ser evitada a toda costa. «El Señor es mi pastor y nada me faltará», repetía cada vez que alguien se negaba a darle comida o albergue. Cuando cumplió 18 años, se mudó a una región subtropical, ya que imaginó que allí la falta de solidaridad le dolería menos.  Una cosa es no tener techo en Ushuaia y otra en Fortaleza, y es evidente que es más fácil encontrar alimento cerca del mar que en el desierto. Es claro que a un hombre de fe esas cosas no deberían importarle, y que un verdadero creyente debería estar dispuesto a...