El travesti boliviano
Alberto nació en La Paz. Hijo de un yesero alcohólico y una abogada con inclinaciones sadomasoquistas, llegó al mundo en medio de una batalla doméstica cotidiana en la que los insultos y los golpes estaban a la orden del día. Su abuela materna, llamada Tania, vivía con ellos y no comprendía cómo su hija, siendo profesional, se había casado con un albañil. «Yesero», la corregía su yerno. Cada vez que eso sucedía, la abuela resoplaba indignada. No soportaba ser corregida por nadie, y mucho menos por alguien que no había ido a la Universidad. Alberto, su querido nieto, demostró tendencias homosexuales desde la más tierna infancia. Ya en el jardín de infantes le decían «el puto». La abuela, que era hinduista, le explicaba que todos somos iguales y dignos ante los ojos de Krishna, y que somos creados a imagen y semejanza de la fuerza que dirige el cosmos. El niño intentaba asimilar esa verdad cósmica que se mostraba tan opuesta a la realidad concreta que experimentaba en s...