Sándalo
De todos los autoengaños por los que podemos optar para justificar nuestra existencia, el amor es el mejor. El amor por otras personas es excelente, pero muchas veces resulta tan fugaz que no alcanza para poder decirnos a nosotros mismos "vale la pena vivir por Patricia (o Ricardo)" y creernos. Dura lo que un suspiro en una canasta. El amor por hijos es un poco más fuerte. Está anclado en pulsiones de supervivencia más potentes y nos permite además practicar nuestro orgullo al mismo tiempo: al final, a los hijos los hicimos nosotros. Sin discutir si lo que amamos es al otro, o al hecho de que lo sentimos como una creación propia y por lo tanto digna del mayor de los amores, el amor por la prole suele durar más que el por otras personas con las que no tenemos vínculo sanguíneo y está muy cerca de darle a cualquiera un motivo para vivir durante el tiempo que le toque pasar en el planeta Tierra. Pero el campeón indiscutido a la hora de saber disfrutar de esta sopa infinita en l...