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Mostrando las entradas de abril, 2017

Los vietnamitas

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Una familia de vietnamitas se instaló en mi mente. No pidieron permiso. O tal vez sí, pero yo no me di cuenta porque no hablo ni una palabra de vietnamés, o como sea que se llame su idioma. El asunto es que estaban ahí, cantando, comiendo arroz, con sus sombreros cónicos, sus alegrías, penas y esperanzas. No me daban motivos para quejarme. Eran una familia adorable. Respetuosos, colaboradores. Una tarde, la abuela le pasó la escoba a un grupo de neuronas que hacía mucho que yo no usaba. El padre restableció conexiones que mi cerebro, ya sea por desgaste o falta de uso, había perdido. La madre cocinaba, no sólo para los miembros de su familia, sino también para mí, su locatario. Con gran conciencia social y ecológica, comprendía que es fundamental cuidar el lugar en el que uno habita. Los niños, vietnamitas, pero con ese exceso de energía que caracteriza a los niños de cualquier nacionalidad, de vez en cuando provocaban algún problema. Jugando a las escondidas, o pract...

Chaleco de abrazos

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—Yo tengo tantos contactos que no los puedo contar, y una novia muy hermosa que se llama soledad —cantan Los Chalecos Kin. Son una banda de punk folklórico que interpreta los éxitos de Atahualpa Yupanqui, adaptando las letras para acercarlas más a la juventud actual. Su arte es muy dañino, pero sus estrategias de marketing son aún peores. Entre las aberraciones que inventaron para aumentar el dolor que produce la soledad, el chaleco que simula abrazos es una de las más perversas. El solitario se lo pone, lo activa, y siente un par de manos en la espalda. Lo abrazarán con mayor o menor intensidad, de acuerdo a como lo regule. —No sé que pasó —le dijo un usuario arrepentido a su traumatólogo. La verdad es que me sentía muy solo. Compré el chaleco de los abrazos y de a poco me fui acostumbrando. Usted va a pensar que estoy loco, pero quise que me abrace fuerte. Sin darme cuenta, lo puse al máximo. Ahora tengo un dolor acá.

Yo fui un monstruo y me gustó

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A mediados del año 1998, llegó a San Carlos de Bariloche una empresa norteamericana llamada Terror. Venían a fabricar un laberinto similar al que tienen en Orlando, Estados Unidos. El asunto es que yo estaba formalmente desempleado, escribiendo en la clandestinidad, teniendo que moderar mi arte incendiario para después verlo firmado por otros y poder cambiarlo por dinero. Paralelamente, estaba tratando de conseguir un puesto de trabajo en la recepción del Hotel Llao Llao, para adaptarme de una vez por todas a la sociedad de consumo. Mientras esperaba que me llamaran del Hotel, ocurrió un milagro. Gracias a un vecino que escuchaba la radio a todo volumen, supe que iba a instalarse en la ciudad un espectáculo de monstruos. Mientras Marcelo Parra, que conducía el programa, le decía a Toto Fernández que él bien podría trabajar ahí, porque le daba el physique du rol, mi corazón empezó a latir a toda velocidad. Era eso. Yo no quería ser conserje. Quería ser monstruo. Falt...