Los vietnamitas
Una familia de vietnamitas se instaló en mi mente. No pidieron permiso. O tal vez sí, pero yo no me di cuenta porque no hablo ni una palabra de vietnamés, o como sea que se llame su idioma. El asunto es que estaban ahí, cantando, comiendo arroz, con sus sombreros cónicos, sus alegrías, penas y esperanzas. No me daban motivos para quejarme. Eran una familia adorable. Respetuosos, colaboradores. Una tarde, la abuela le pasó la escoba a un grupo de neuronas que hacía mucho que yo no usaba. El padre restableció conexiones que mi cerebro, ya sea por desgaste o falta de uso, había perdido. La madre cocinaba, no sólo para los miembros de su familia, sino también para mí, su locatario. Con gran conciencia social y ecológica, comprendía que es fundamental cuidar el lugar en el que uno habita. Los niños, vietnamitas, pero con ese exceso de energía que caracteriza a los niños de cualquier nacionalidad, de vez en cuando provocaban algún problema. Jugando a las escondidas, o pract...