Kiosko, ese maldito kinesiólogo japonés
Reconectando una vez más con el espíritu libertario que me llevó por primera vez a ordenar palabras y párrafos, y habiendo comprendido, después de tanta prueba y error, que para mi el momento justo para enfrentar el teclado no existe, y estando casi convencido de que lo que uno quiere, cuando lo consigue, nunca es lo que uno quiere, aunque se parezca o sea casi igual, porque uno ya no es el mismo, y las cosas nunca son iguales en la práctica que en la teoría, me lanzo a la aventura literaria como quien sale a pasear con su perro o decide ir al kiosko a comprar una golosina. Kiosko, samurai maldito, kinesiólogo inexistente, revela tu rostro verdadero y dime dónde te ocultas, para que así pueda evitar todos los caminos que llevan a tu guarida ornamentada de flores de plástico y lugares comunes. No me sorprende que justo en el momento en el que empecé a teclear se haya cortado la luz y me haya quedado sin Internet. Entiendo que es algo kármico. En los momentos más importantes me suele pas...