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Mostrando las entradas de noviembre, 2019

Una línea, y otra línea, y otra línea más

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Allá por los ochenta, cuando fumar, beber y drogarse estaban mucho mejor vistos que ahora, Rita Latorre, una joven artista plástica nacida en Quilmes, se dedicaba casi sin descanso a tratar de sintetizar en sus cuadros la mayor cantidad de experiencias imaginables con la menor cantidad de trazos posibles. Un domingo de agosto fue a visitar una exposición de arte moderno. De repente, sintió la necesidad de ir al baño. Sin habérselo propuesto, se vio obligada a presenciar una escena en donde dos conocidas críticas de arte inhalaban cocaína con el mismo entusiasmo con que un buscador de perlas vuelve a respirar después de haber estado cinco minutos bajo el agua. Si bien en un primer momento el acto le pareció repulsivo, una extraña fascinación la obligó a fijar su atención en esas aspiraciones brutales. mfff mfff...nggngngn... mfff mfff.... aahhhh sshhht shshsht kkkkk... sshhht mmmfff mmfff ahhhh Cuando logró vencer sus prejuicios, y pudo dejar de pensar en el mal que esa...

La firma de un poeta

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Joe Cadorna fue un poeta argentino. Su obra fue desconocida hasta el día en que cumplió 91 años. Justo después de soplar la velita incrustada en la torta que los empleados del geriátrico habían horneado para celebrar su cumpleaños, recibió un llamado. Era de la producción del programa de Mirtha Legrand. Parece que la nieta de la diva había descubierto su primer libro de poemas y se había encandilado de tal manera con su pluma efervescente que logró convencer a Chiquita de que Cadorna merecía un homenaje antes de pasar a la inmortalidad. El poeta, que ya hacía mucho tiempo que estaba totalmente deprimido, volvió a sentir su corazón latir con fuerza. —Con mucho gusto, querida. Allí estaré. Gracias por la invitación —, le dijo a la productora. Con su entusiasmo renovado, aprovechó los días que faltaban preparándose para el gran momento. Fué a la peluquería, se compró el traje más caro que sus modestísimos ahorros le permirieron comprar, y paseó por la ciudad en Uber, mirándolo todo con ...

Soledad, la de Barracas

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—Cuando en la punta de una montaña nace una flor, el universo entero se enriquece por su belleza. Aunque no exista un escalador que la vea, o una abeja que la polinice, la flor declamará su poema de color y armonía, y se estremecerá al recibir los rayos del sol matinal... La soledad es una invención de la mente, un subproducto de la ignorancia que nos impide percibir la unidad de todas las cosas —dijo El Coreógrafo del Silencio. —Puede ser, pero no me va a negar que para que una espalda pueda ser bien enjabonada la presencia del otro es casi imprescindible —respondí. —Su lógica, en ese aspecto, es irrefutable. En lo que a higiene conjunta se refiere, no solo que es imprescindible sino que es mucho más divertido. Sin embargo, para defender mi tesis, diré que la primera dignidad de todo lo que existe es la presencia. Las espaldas, los enjabonamientos, e incluso la diversión, son efectos colaterales. Existo, luego pienso. Tengo una espalda, espero que alguien me la enjabone, pero si...

Principio de incertidumbre

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En el principio era la incertidumbre. Después, también. Aunque lo que estás buscando estuviera aquí, sería improbable que lo encuentres. Si pudieras encontrarlo aquí, ya lo habrías encontrado en otra parte, en otro aquí. Vos podrías objetar que algún aquí tiene que ser el primero, y que bien podría ser este. Y yo no podría decir ni sí ni no, ni blanco ni negro, porque eso sería verdad y mentira  — y todos los grados intermedios que aparentemente las separan  —  al mismo tiempo. Cuando una cosa es así, no me atrevo a decir nada. Me limito a quedarme callado o a tomarme un helado. Ahora la cosa se puso espesa. Ahora hay que salir a la cancha. Ya no es suficiente decir que es posible: hay que mostrarlo con hechos concretos. Entonces, por hoy, no voy a poder darte mucho más. Estoy anclado, hipnotizado. No me duele nada, no me entusiasma nada. Es un día gris en el que el electrocardiograma hizo piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, pero sigo respirando. Vamo...

Lohengrin

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Llegó la hora de tomar el toro por las astas, de lanzarse a la aventura como un clavadista mexicano. Creo que sentí el ímpetu (qué palabra maravillosa, por Diooooossssss) cuando le di clic a un video que había publicado mi amigo Pancho en Facebook. Eran las Variaciones Goldberg de Bach,  interpretadas por un señor llamado Glenn Gould. Al señor no lo conocía. Lo conocí ahí. A las variaciones me parece haberlas abandonado antes de que pasaran los primeros diez segundos algunos años atrás, cuando creía que antes de Led Zeppelin no había pasado nada interesante. Escuchando a ese señor, sentí una inspiración. Después, una expiración. Ahora ya entré en calor y estoy tecleando con el mismo entusiasmo con que él tocaba en ese video. Bueno, no sé si tanto, pero me siento así, lo que ya es algo. Eso me hace acordar a aquellos que se fuman un porro y creen que tocan la guitarra como Jimmy Hendrix. No se engañen. No es así. Además, lo más importante es tocar como uno mis...

Enlazador de mundos

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Lejos de las funerarias y los parques de diversiones, transmito desde la soledad de mi búnker estelar. Estoy rodeado por un silencio profundo, abismal, y lo que queda de mi cuerpo físico está protegido por una estructura aerodinámica de metales indestructibles. Me alimento de prana y de pensamientos que me llegan no sé de dónde. Estoy consciente y a la vez desapegado de los vaivenes de la existencia. Si se quema una biblioteca, o se editan diez mil libros, me da lo mismo. Lo veo como las dos caras de una misma moneda. No amo ni odio, no tengo preferencias. Me convertí en un dios insensible. Soy un enlazador de mundos, un empleado administrativo de las corporaciones que rigen el cosmos. De repente, surgido de la inmensidad que me rodea, veo venir un recuerdo. Cuando estoy a punto de identificarlo, es alcanzado por un misil aire-aire (o nada-recuerdo) que lo destruye en mucho menos de lo que canta un gallo. Tengo la sensación de que lo destruye en un segundo, pero me do...