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Mostrando las entradas de julio, 2018

Mamá, yo quiero ser Youtuber

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Carlitos tenía nueve años. Cuando su abuela le preguntó qué quería ser cuando fuera grande, respondió sin dudar: "Youtuber, abu, quiero ser un Youtuber muy famoso." Como la abuela había nacido casi al mismo tiempo que el cine   — y había decidido que ya estaba grande para participar de la revolución tecnológica — , diferenciar entre Google, Facebook y Netflix, se le hacía más difícil que diferenciar a los empleados en un supermercado chino.  — ¿ Qué es eso, mi amor?  —, le preguntó. —Son los videos de la compu, abu  —, respondió el niño, mientras jugaba en el teléfono. —No entiendo, mi amor.  ¿ Vos querés ser actor? —No, abu, Youtuber. —Disculpame, querido, pero  ¿ qué hacen los Youtuber? —Hablan de cosas. — ¿ De qué cosas? —No importa, abu. Lo que importa es que se hacen famosos y ganan plata sin trabajar. La abuela se quedó sin palabras.  En su época los chicos querían ser bomberos, médicos o policías.  A  nadie se le ocurr...

El Principicio

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Julio era escalador. De lo único que hablaba era de cuerdas, arneses y mosquetones. Su novia, que en un primer momento se había deslumbrado por el tamaño de sus bíceps, y se había mudado a su casa sin pensarlo dos veces, estaba empezando a cansarse. Se habían conocido en una fiesta. Diana, que así se llamaba la novia que estaba empezando a cansarse, nunca podría haber sospechado esa primera noche que Julio era un neurótico obsesivo cuyo único objetivo en la vida era subir y subir, para subir después un poco más. "Parecía que se divertía", le dijo a una amiga. En menos de una semana de convivencia, se dio cuenta de que él la veía como a una montaña, que en sus senos veía picos, en su espalda valles y entre sus piernas senderos. Al principio, él mostraba cierto interés por las relaciones sexuales -en las que se desempeñaba bastante bien, por lo menos de acuerdo a las normas IRAM de la pornografía moderna- pero ella pronto comprendió que su aparente entusiasmo se...

Campeones del mundo

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Domingo. 15 GMT. Estadio Olímpico Luzhnikí de Moscú. Final de la Copa Mundial de la FIFA 2018. En el momento en que está por pitar el árbitro, aparece una nave espacial que cubre todo el estadio. Se escucha una voz que dice: —Buenas tardes, señoras y señores. Como podrán imaginar, somos extraterrestres. Tenemos poco tiempo, varias cosas que comunicar y mucho por hacer. Para conocernos un poco antes de entrar en tema, les proponemos jugar un partido de fútbol. Si están de acuerdo, enviamos una nave pequeña con nuestros representantes y empezamos —. El público está como hipnotizado, las personas no saben si tener miedo o entusiasmarse. Pasados tres minutos, se escucha por los altoparlantes la voz de Vladímir Putin, máxima autoridad presente en el estadio: —Estimados amigos del espacio, dadas las circunstancias excepcionales de su visita, decidimos alterar nuestro programa y aceptar su propuesta. Los técnicos decidirán la formación de nuestro equipo. —Con mucho gusto. ...

La sombra de tu sonrisa

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La existencia nos ama. Si no, no estaríamos acá. Algunos desgraciados insisten en afirmar que la Tierra es una especie de gallinero cósmico para seres invisibles que se alimentan de conciencias. Yo no puedo afirmarlo ni negarlo. No sé. Lo que sí sé es que es posible encariñarse con un pollito, una gallina o un gallo. El amor puede surgir en cualquier parte. Estaba a punto de responderle un mensaje de Tinder a una señorita con la que había iniciado una conversación que me llenó de esperanzas cuando, de manera inesperada, la conversación desapareció y perdí todo contacto. Qué desagradable. No tanto como ser alimento de ángeles y otros seres misteriosos, pero desagradable. Tenía una sonrisa muy especial. Se llamaba Renata. Ahora estoy acá, entregándome a las palabras, revolcándome en sus brazos. Te mentiría si no te dijera que preferiría hacerlo después de haberme revolcado en los brazos de Renata, pero también lo haría si no aceptara que entregarse al tecleo se siente bien. Es un ref...

Orgullo feminista

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Me encanta que mi mujer me mantenga. No tengo prejuicios. Entiendo que durante mucho tiempo las mujeres fueron relegadas a encargarse de las tareas del hogar y lo soportaron sin protestar. Yo tampoco protesto. Estoy feliz de quedarme en casa mientras ella se realiza como mujer y profesional. Además de amarla, la admiro. Es muy exitosa. Gana tanto dinero que ni siquiera necesito lavar, planchar o cocinar. Contratamos personal de servicio que se encarga de todo lo doméstico, incluso de las compras y la administración. Ella es tan eficiente que hasta creó un manual para que todos sepan lo que tienen que hacer. Mi único deber cotidiano es informarles a los cocineros lo que queremos comer. —Buen día, queridos —, les digo cuando me levanto. —Hoy vamos con la entrada 9, el plato 24 y el postre 32. Gracias, los amo  — . Ese sería mi día de trabajo habitual. Tengo que confesar que en lo único que no soy un feminista ortodoxo es en el hecho de que soy medio políga...