Sombras... nada más
El joven Alberto Sombras resultó ser más rebelde que todos sus antepasados juntos. Hijo y nieto de titiriteros, tartamudo, trotamundos, miembro de una familia que nunca conoció otra ocupación que la de desarrollar su oficio en circos, parques y veredas, decidió a edad muy temprana abandonar su linaje y probar suerte en otras áreas del conocimiento humano. Su madre, naturalmente, intentó convencerlo de que lo que más le convenía era iniciarse en el milenario arte de las sombras chinescas. —El nombre ya lo tenés —, le dijo. Fue inútil. Alberto soñaba con un destino distinto, alejado de los escenarios y la incesante búsqueda de aplausos y felicitaciones. Quería ser un pirata, surcar los siete mares en un galeón antiguo, saquear goletas y beber del vino negro de la medianoche en la cubierta de un barco fantasma. En síntesis, quería hacer cualquier cosa con tal de no seguir el camino trillado por sus ancestros. —No seas pelotudo, Alberto —, le decía su padre. Nosotros no...