El nudo en el estómago
En medio de todos estos resúmenes de libros que hablan de optimizaciones y estrategias para obtener mejores resultados, hoy aparezco con una excepción porque necesito enfrentarme al teclado con la misma y máxima libertad que me llevó a escribir algunos años atrás.
Sin el mismo sentido del humor, es verdad, pero con la misma necesidad de exorcisarme.
Este escrito es entonces un salvavidas para quien cayó de repente en el océano del sinsentido y se bañó involuntariamente en su espantosa realidad.
Es para mi. Me lo dedico con mucho cariño. Si te sirve, usalo también. De alguna forma, todos estamos en una especie de Titanic y tener un salvavidas en el Titanic puede ser útil.
Los pocos lectores de este espacio sabrán disculpar que empiece a escribir sin proyecto y que me disponga sin más prólogo a una especie de vómito existencial inesperado. Si no lo saben disculpar, les sugiero que se retiren. No puedo parar.
El asunto es que me acabo de enterar de la muerte de una amiga de muchos años, muy talentosa, muy sonriente y muy querida, y unos días atrás me enteré de que también murió mi primo, que había sido mi primer profesor de guitarra y más que eso un querido amigo, una especie de ídolo.
Esta noticia tan natural e inevitable como es la muerte para mi fue siempre difícil de digerir.
Mientras no muere nadie uno puede fingir mejor, pero cuando muere alguien querido uno no puede dejar de sentirse un poco abandonado, un poco desilusionado con todo este maravilloso proceso de la vida y la muerte y la reputa madre que lo parió.
Yo tengo encima mucha lectura de budismo y de la concha de su hermana en general, pero llega un momento en que al desapego hay que mandarlo a la mierda.
Uno quiere por lo menos gritar o llorar un poco.
A mi me gustaba mucho ir a verlo tocar a Spinetta, y de repente, no está más.
A eso, que ya de por si es muy incómodo —por ponerle un adjetivo a este nudo en el estómago—, hay que sumarle el caso de uno, que también se va quedando sin cuerda, y va declinando como los seres queridos antes mencionados.
Hoy una persona me dijo que le gustaba mi pelo gris. Yo tuve ganas de mandarla a la mierda y decirle que no tengo pelo gris, que tengo canas, pero entendí la inutilidad del asunto y la triste realidad de la situación: no tengo mi pelo negro de los 20 años. Es un pelo tipo gris. ¿Para qué lo voy a negar?
Y como si todas estas muertes y envejecimientos fueran poco, se sumó en estos días la novedad de que se acabó mi trabajo de los últimos 11 años y tengo que reinventarme, solo y sin mucho a mi favor.
Estoy haciendo todo tipo de abracadabras para llevar la situación con dignidad. Respiro, medito, hago gimnasia, repito afirmaciones positivas, busco socios, compañías, alternativas, leo, pienso, y ahora, principalmente para desahogarme un poco, vuelvo a mi querido oficio amateur de la escritura. La escritura es un oasis.
Cuando duermo —y por suerte duermo bien— me siento fenómeno. Lástima que no me doy cuenta de lo bien que me siento hasta que me despierto. Y ahí, en cuanto me despierto, se va todo el bienestar a la mierda porque me acuerdo de quién soy y en la situación en la que estoy y en seguida se me instala el nudo en la panza.
Ahora lo estoy resolviendo con pequeñas tareas. Me siento medio pelotudo porque estoy acostumbrado a Hollywood y las acciones heróicas y me tengo que conformar con una agenda que dice: bañarme, desayunar, escribirle a tal y tal, vestirme e ir a encontrarme con tal que tal vez podría orientarme o conectarme con alguien que me ayude a salir de este atolladero (Quiero aclarar que no tengo bien claro lo que significa atolladero y no lo quiero buscar ahora en Google, pero me permití usar la palabra porque me parece que está bien usada y por la libertad antes mencionada. Me pareció justa para la ocasión, dentro de lo ridícula que es).
Yo entiendo que la cosa es así y que visto desde otro ángulo estoy bastante bien, que podría haber muerto cuando tenía cinco años, que mis cosas podrían haber funcionado peor y yo no ser ni capaz de teclear estas palabras, pero no por eso me siento mejor.
También entiendo que tengo que responsabilizarme por mis decisiones pasadas, y que lo que estoy viendo ahora, y lo que creo ver venir después, son casi consecuencias naturales de decisiones no muy eficientes que fui tomando a lo largo de la vida.
Por otro lado, ya para ir cerrando, hay algo todavía peor.
Durante los últimos años, alimenté una fantasía.
Que ganaba el Quini 6, u otro juego de azar, y eso me permitía comprar por ejemplo 5 departamentos, de los cuales alquilaba 4 y vivía en el otro, y eso me parecía genial. La famosa independencia financiera. Así podría dedicarme sin culpa a no hacer nada, estudiar budismo zen, aprender a bailar tango, amar a una o más mujeres, tener un gato, etc.
El espanto es que ahora ni esa posibilidad me entusiasma.
Estaba viendo un video de Alan Watts en donde describe ese desánimo con la realidad en general.
No sé si estoy en un proceso de despertar espiritual o simplemente deprimido.
Por suerte, por ahora no es tan grave como para pedir ayuda a los amigos, y la idea de tomar Lexotanil me aterra más que mi situación actual.
No, señor, nada de Lexotanil. Es hora de avanzar y enfrentar al monstruo.
En algún rincón oscuro de mi ser, me tengo fe.
Cualquier cosa, te actualizo por acá.


😳 Aqui re leyendo. Lo ví anoche.
ResponderBorrarLo del fin de la vida...para mí tampoco es facil de procesar.
El sábado 28 de febrero falleció un "amigo" nuestro...comprendo la situación.
Lo del paso de los años tampoco me resulta agradable, a pesar de que mucha gente lo vea como algo " que se acomoda"...yo diría que incomoda.
Si no me comprenden, les diría que se sinceren.
El resto...cuando quieras y puedas estoy disponible.
Abrazo y escucha atenta.