La marea que se va, el oír que se queda: la iluminación de Avalokiteshvara

Alguien preguntó cómo y por qué el Bodhisattva alcanzó el Tao y se iluminó observando el reflujo de la marea. 

El Bodhisattva, mientras practicaba junto al mar, contempló el sonido a medida que crecía, decrecía y finalmente se detenía por completo, coincidiendo con el reflujo. 

Reflexionó sobre la raíz de las causas y finalmente alcanzó la iluminación al comprender que toda existencia está sujeta al nacimiento y la muerte y que, por lo tanto, es impermanente. 

Sin embargo, el oír es atemporal, y por eso está más allá del nacimiento y la muerte. 

Quienes no practican pueden oír, pero no escuchan. Mientras oyen los sonidos, solo piensan en lo "externo"; el sonido de la marea tiene nacimiento y muerte, pero la naturaleza del oír no. 

¿Por qué? Porque incluso cuando el sonido de la marea se detiene, nuestra capacidad o naturaleza de oír no desaparece. Todavía podemos oír el viento entre las ramas de un árbol, el canto de los pájaros y el chillido agudo de las cigarras. 

Si nuestra capacidad de oír hubiera desaparecido junto con el sonido, ya no podríamos volver a oír nunca más. Incluso cuando todo está en silencio, entrada la noche, somos conscientes del silencio o de la ausencia de sonido, gracias a nuestra capacidad de oír. 

Hay dos tipos de audición: una va y viene en respuesta a un estímulo, la otra funciona independientemente de él. 

Así que podemos afirmar con seguridad que, aunque los sonidos tienen nacimiento y muerte, la capacidad de oír no la tiene. En realidad, nunca desaparece. Toda existencia, incluidos los dharmas, es impermanente y por lo tanto está sujeta al nacimiento y la muerte, tal como la magia, las burbujas o las sombras. La naturaleza del oír, en cambio, jamás puede ser destruida.

De esa manera llegamos a conocer la naturaleza brillante y perfecta del oír. Nuestra mente se acomoda a aquello que observamos: si observamos nacimiento y muerte, hay nacimiento y muerte. Si observamos el no-nacimiento y la no-muerte, no hay nacimiento ni muerte.

Todas las cosas son producidas por la mente; se completan a través de la contemplación. Todos tenemos una mente y, por lo tanto, un potencial para formular el mundo según nuestras propias intenciones, pero sin esfuerzo no se logra. La naturaleza es la sustancia; la mente, la función. 

La función nunca se separa de la sustancia, ni la sustancia de la función. Función y sustancia, aunque distintas, están conectadas causalmente. La naturaleza gobierna la mente, y la mente es la función de la naturaleza; encajan una con la otra. 

Aunque cada una conserva su propio carácter, son inseparables. La práctica del Dharma puede arrancar justo en este punto. Hay que entender la propia mente, ver la propia Naturaleza Verdadera y, a partir de ahí, alcanzar el Tao.

La idea central: El Bodhisattva se ilumina no por lo que escucha, sino por descubrir que la capacidad de escuchar es distinta de los sonidos que escucha.

El razonamiento, paso a paso:

  1. Observación: Sentado frente al mar, nota que el sonido de la marea nace, crece, decrece y se apaga.
  2. Pregunta clave: Si el sonido desaparece... ¿desaparece también mi capacidad de oír?
  3. Respuesta: No. Cuando el sonido de la marea cesa, sigue escuchando el viento, los pájaros, las cigarras. Y hasta en el silencio total, "escucha" el silencio. Eso prueba que la audición en sí misma nunca se apaga, aunque los sonidos vayan y vengan.
  4. Conclusión filosófica: Todo lo que existe (sonidos, cosas, fenómenos) nace y muere, es impermanente — como magia, burbujas, sombras. Pero la naturaleza que permite percibir esas cosas (en este caso, el oír) no nace ni muere. Es atemporal.

El salto conceptual (la parte más densa):

  • La mente le pone nacimiento/muerte a lo que observa: si mirás las cosas como impermanentes, las vas a experimentar como impermanentes. Si lográs mirar desde la naturaleza que no nace ni muere, dejás de ver nacimiento y muerte.
  • Naturaleza = la sustancia (lo que es, siempre).
  • Mente = la función (lo que hace con esa sustancia, momento a momento).
  • Son inseparables pero no son lo mismo: la mente es como el "uso" de la naturaleza.

La aplicación práctica: el camino de práctica (Dharma) empieza cuando dejás de identificarte con el contenido cambiante (los sonidos, los pensamientos, las emociones) y empezás a reconocer la capacidad que los percibe, que es estable y no se ve afectada por el ir y venir de lo que aparece.

Es básicamente el mismo principio que aparece en mucha meditación budista: distinguir el "observador" (que no cambia) de "lo observado" (que siempre está naciendo y muriendo).

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