A un hombre de Kumasaka - de Los Tres Pilares del Zen
¿Quién es el que está enfermo? ¿Quién es el que practica zen? ¿Sabe quién es?
Todo nuestro ser es naturaleza búdica. Todo nuestro ser es el Gran camino. La sustancia de este camino es inherentemente inmaculada y trasciende todas las formas.
¿Hay alguna enfermedad en esto? La propia mente del hombre es la sustancia esencial del ver y el escuchar, de todos los sentidos. El que adquiere completa conciencia de esto es un Buda; el que no, es un hombre ordinario. Así, todos los budas y patriarcas apuntan directamente a la mente humana de modo que el hombre pueda ver su propia naturaleza y de esta manera alcanzar la budeidad, pues el mejor alivio para aquél que está confundido por las sombras es ver lo verdadero.
Una vez un hombre fue invitado a la casa de un amigo. Cuando estaba a punto de beber el vino que se le había ofrecido, creyó ver una pequeña víbora en su copa. Por no querer avergonzar a su anfitrión haciéndoselo ver, valientemente se la tragó. Al regresar a su casa sintió fuertes dolores de estómago. Se le dieron muchos remedios, pero fue en vano. El hombre, ahora muy enfermo, sintió que estaba a punto de morir. Su amigo, al saber de su enfermedad lo invitó una vez más a su casa. Lo sentó en el mismo lugar y de nuevo le ofreció una copa de vino, diciéndole que era medicina. Cuando el enfermo alzó su copa para beber nuevamente vio la pequeña víbora, esta vez se lo dijo a su anfitrión. Sin decir una palabra al anfitrión señaló hacia el techo, justo encima del invitado, donde colgaba un arco. De pronto el hombre enfermo se dio cuenta de que la “pequeña víbora”’ era el reflejo del arco que colgaba. Ambos hombres se miraron y rieron. Instantáneamente el dolor del enfermo se desvaneció y recobró su salud.
Llegar a ser un Buda es parecido a esto. El Patriarca Yoka dijo: “Cuando uno toma conciencia de la verdadera naturaleza del universo, uno sabe que no hay realidad ni subjetiva ni objetiva. En ese momento desaparecen las formaciones kármicas que lo llevarían a uno al más profundo infierno”.
Esta naturaleza verdadera es la sustancia de la raíz de todo ser sintiente. El hombre sin embargo, no alcanza a creer que su propia mente no sea en sí misma completa, como el Buda lo realizó, de modo que se aferra a formas superficiales y busca la verdad fuera de su mente, luchando por convertirse en Buda a través de prácticas ascéticas. Pero como la ilusión de un ego-yo no se desvanece, el hombre debe pasar por intensos sufrimientos en los Tres Mundos.
Es como aquel que se enfermó pensando que se había tragado una pequeña víbora. Los diversos remedios no sirvieron de nada, pero se recuperó al instante cuando se dio cuenta de la verdad básica.
De esta forma mire dentro de su propia mente; no hay panacea alguna que pueda ayudarle. En un sutra el Buda dijo: “Para deshacerte de tu enemigo, sólo tienes que darte cuenta que tu enemigo es el engaño”. Todos los fenómenos en el mundo son ilusorios, no tienen sustancia permanente. Los seres sintientes al igual que los budas, son como imágenes reflejadas en el agua.
Uno que no ve la verdadera naturaleza de las cosas confunde las sombras con la sustancia. Es decir, durante el zazen el estado de vacuidad y quietud que proviene de la disminución de pensamientos con frecuencia se confunde con el propio rostro antes de que nacieran nuestros padres. Pero esta serenidad también es un reflejo sobre el agua.
Debe avanzar más allá de esa etapa donde la razón ya no sirve de nada. En este extremo de no saber que pensar o qué hacer pregúntese a sí mismo: “¿Quién es el maestro?”.
Se convertirá en su íntimo después que haya roto un bastón de cuerno de conejo o roto un pedazo de hielo con el fuego. Dígame ahora: ¿quién es más íntimo? Hoy es el día ocho del mes. ¡Mañana el decimotercero!

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