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El encantador de serpientes

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Lo primero que voy a hacer es besarte los piés. Primero porque es martes, y primero porque tengo ganas. Primero porque parece que todas las estrellas están en su lugar y segundo porque aunque sea sábado para mí es martes y vos y yo estamos acá y somos libres y tenemos el día libre y porque sí, porque tengo ganas y no se me ocurre nada que me parezca más interesante que empezar el día besando tus piés. Ahora que la serpiente ha salido del canasto y su cabeza comienza a elevarse por sobre la prisión de mimbre en la creía estar confinada, podemos también empezar a pensar en abandonar algunas de las costumbres que nos mantienen encerrados dentro de los límites de lo que creemos posible. Si prestas atención, verás que el encantador de serpientes está haciendo su trabajo. Te invito a que hagamos el nuestro, que es olvidarnos de su flauta y aventurarnos a la libertad como quien va a comprar pan y aparece comandando un submarino o bañándose en un jacuzzi con personas que apenas co...

La montaña mágica

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La perfección tiene algo del sabor de la muerte. Cuando la conseguimos, estamos perdidos, no tenemos adónde ir. Es por eso que cualquier cosa que se presente como perfecta nos hace sentir vacíos, tristes, frustrados. Podemos comunicarnos con Maradona. Con Messi, la desilusión es inevitable. Si vamos a una fiesta, queremos siempre la compañía del Diablo. Con un ángel sólo podríamos tocar el arpa, tomar una sopa e ir a dormir. Lo impar es dinámico, atractivo, sugerente. Lo correcto es estático, no tiene swing. Para ver el dinamismo en lo correcto tienes que ser un buda, o una orquídea. Nunca podrás llegar a la cima de esta montaña. No la tiene. Es una montaña mágica. La vas recorriendo como un explorador, llevando en tu cantimplora agua, y en tu mochila víveres, y una linterna, para darte cuenta, de repente, que eres un árbol, que tus piernas se han convertido en lagartijas o entradas para ver un show de tu artista favorito en un país lejano. Respira. Presta ...

Regla de oro 3.0 - Cómo tratar a los demás

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Según cuenta la leyenda, Cristo dijo: "todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos." En otras latitudes, Confucio lo formuló así: "no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a tí". Con todo respeto, creo que llegó la hora de darle un upgrade (o una actualización) a esta regla maravillosa. La afirmación de Confucio parece estar un poco más cerca del concepto ideal, pero no deja de ser una negación. Y casi todos los maestros de la Nueva Era aseguran que para lograr lo que uno quiere es necesario afirmarlo de forma positiva. Por eso, haciendo gala de toda la osadía que habitualmente impulsa a mi ignorancia, me permito reformular la frase de la siguiente manera: "Trata a los demás de la manera en que tu intuición te diga que a ellos les gustaría ser tratados." Digo que esta nueva forma de expresar esa sabiduría es un avance porque, por ejemplo, si a mi me gusta el heavy metal , y le regalo a alguien que lo de...

Viento

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Trato de fingir que es normal, pero no puedo: Es demasiado fuerte. Si sigue soplando así, este viento me va a llevar de paseo con casa y todo. —Mirá, mirá... Ahí va volando un hombre, con un gato y una computadora—van a decir los niños del futuro, cuando vean el replay de esta escena en sus pantallas inorgánicas diseñadas para enseñarles algo acerca de la historia de la humanidad. Creo que es una discusión entre las fuerzas que dirigen el cosmos. Los ángeles le dicen a los demonios que lo único que hacen es complicarle la vida a la gente, y los demonios les responden que son unos caretas, que tocando el arpa todo el mundo se aburre. Ahí empiezan los insultos, los empujones, los te voy a matar, no tenés aguante, y todo eso. El viento. Cada frase que logro teclear es una frase ganada. Estoy a la deriva en un océano de viento. Si tuviera un refugio subterráneo, estaría durmiendo, sin enterarme de nada, pero no lo tengo. Lo que sí tengo es mucho sueño, aunque en estas cond...

Maestría en soledad - El último recurso

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Impulsado más por la necesidad que por el deseo, Emanuel Solari decidió aprovechar la espantosa oportunidad que le ofrecía el destino y se dedicó a estudiar la soledad con la misma libertad que suponemos deben tener los santos o los locos. Después de haber probado, sin éxito, todos los métodos posibles para tratar de mimetizarse con sus semejantes, entendió que su suerte podía no ser aquella con la que soñaba, sino otra muy distinta, imaginada tal vez por alguna divinidad perversa, en la que el único camino que podría recorrer con honestidad sería el de la soledad más absoluta. Las mascotas no lo rechazaban. El problema eran los seres humanos. Y, en especial, los seres humanos del sexo opuesto, en su caso las mujeres, principalmente aquellas que poseían un nivel de atractivo sexual que en el mercado del amor podríamos definir como medio-alto. A pesar de que Emanuel era un joven relativamente bien parecido, y de que era un entrepreneur bastante exitoso, las mujeres lo ignoraban ...

Perspectiva

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Con la esperanza de hacernos sentir bien, algunos oradores de la Nueva Era nos recuerdan que mucho antes de tener manos y piernas ya habíamos ganado una carrera en la que nos jugamos la vida contra 250 millones de espermatozoides. Es posible que eso sea cierto, pero desde un punto de vista holístico esa victoria es un desastre. Nosotros ganamos, sí, pero 249.999.999 perdieron. Y no sólo que perdieron, sino que perder esa carrera les costó la única esperanza que tenían de vivir. Si alguien se alegra por ese triunfo, demuestra ser un insensible. Dicen que cuando Buda llegó al cielo, los que ya estaban ahí organizaron una gran fiesta porque estaban a punto de darle la bienvenida a un santo. No quiero extenderme demasiado imaginando si en la fiesta habría palmitos y champagne, o apenas algunos músicos tocando arpas y muchas personas sonrientes vestidas de blanco. El asunto es que según cuenta la leyenda todos esperaban a Buda con mucha alegría, pero, para su sorpresa, El Il...

La punta del iceberg - La procesión va por dentro

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Polo Contreras miraba los tres cubos de hielo que flotaban en el vaso de whisky que sostenía entre sus manos. Sonreía. Para ser más precisos, sus labios habían adoptado la forma de lo que parecía ser una sonrisa. Cualquiera que lo conociera bien, se daría cuenta de que esa mueca era en realidad producto de la reacción involuntaria de los labios a la presión que ejercían los músculos de la mandíbula al intentar cerrar la boca más allá de lo que su anatomía le permite. Aún sabiéndose el único payador salteño capaz de incorporar la palabra iceberg entre sus versos más inspirados, el único que le dedicó una canción original en quechua a esas grandes formaciones de hielo que flotan en el mar, estaba nervioso. Era la primera vez que se presentaba en un canal de televisión. Si bien ya había cantado en infinidad de bares, en algunos teatros y hasta en el estadio Padre Ernesto Martearena, en ocasión de un festival folklórico en el que también cantó Mercedes Sosa, ese día estaba ner...